HOMILÍA DEL CARD. TAGLE EN EL JUBILEO DE LA PRECIOSA SANGRE

Homilía, Solemnidad de la Preciosa Sangre de Jesús, 1 de julio de 2025

Ex 24,3-8; Ef 2, 13-20; Lc 22, 14-20

Demos gracias al Señor por habernos reunido en la solemnidad de la Preciosa Sangre de Jesús, un día en verdad propicio para celebrar el Jubileo de las familias religiosas y de los movimientos laicales de la Preciosa Sangre. Es también una ocasión para dar gracias a Dios por los carismas y las misiones de vuestras comunidades respectivas que convergen en la Nueva Alianza por la Sangre de Jesús.

Las lecturas de la Escritura de hoy están enlazadas con el tema de la alianza. Alianza es una palabra que se usa a menudo en el ámbito religioso, social y político para indicar acuerdos entre las partes. Y, por desgracia, las divisiones en el mundo, que alcanzan proporciones destructivas, deshumanizantes y violentas, indican que la alianza no se entiende correctamente, o que no se la toma en serio. Somos testigos de una crisis mundial a la hora de aceptar y vivir las alianzas. Como discípulos de Cristo tenemos que responder, decidir y actuar. La solemnidad que celebramos hoy nos invita, como cristianos, a ser misioneros de la verdadera alianza que fue sellada con la sangre de Jesús. Permitidme compartir dos puntos para nuestra reflexión.

En cuanto al primer punto, la primera lectura del Éxodo nos recuerda que la alianza entre Dios e Israel es, esencialmente, una relación personal compuesta de niveles que son distintos pero que están relacionados. Dios pronuncia su palabra; el pueblo escucha. Dios es fiel a su palabra; el pueblo promete poner en práctica la palabra de Dios. La fidelidad a la palabra dada es un aspecto importante de la alianza. Moisés confirma posteriormente la alianza de fidelidad a la palabra con la sangre de toro vertida en dos partes iguales, una mitad sobre el altar que simboliza a Dios, y la otra mitad sobre el pueblo. ¿Por qué en el Antiguo Testamento se usa la sangre de animales para establecer una alianza? Porque “la vida de una creatura está en la sangre”, según el libre del Levítico. La sangre significa vida. Una alianza, por lo tanto, no es solamente un acuerdo verbal, sino una unión de vida. “Haré de vosotros mi Pueblo y yo seré vuestro Dios”, le dijo Dios a Israel en Éxodo 6,7. Que es otra forma de decir: “Nos pertenecemos uno al otro. Compartimos un destino común”.

 

Por la historia de Israel sabemos que Dios es fiel a su Palabra y a su comunión con Israel. Pero Israel no es coherente en su relación de alianza con Dios. Israel no escucha a Dios, no pone en práctica su Palabra e incluso adora a otros dioses. Nos preguntamos: “Israel ofrece la sangre, símbolo de la vida, en los rituales de la alianza. ¿Por qué, entonces, sigue siendo infiel?”. Recordemos que Israel ofrece la sangre de toros, becerros y ovejas. No ofrece su propia sangre. Esto explica por qué la nueva alianza sólo es posible con la sangre de Jesús. En primer lugar, Jesús es Hijo de Dios. La vida divina corre por su sangre humana. En la Última Cena que narra el Evangelio, el cuerpo y la sangre de Jesús es, para nosotros, la oferta de vida de Dios. Dios está siempre presente para nosotros a través de Jesús. Al mismo tiempo, Jesús como ser humano es nuestro hermano, ofrece su sangre, su vida al Padre en perfecta obediencia. En Jesús se encuentra la perfecta fidelidad de Dios con nosotros y la perfecta fidelidad del hombre con Dios. En la sangre de Jesús se cumple una nueva y perfecta alianza. En la sangre de Jesús, Dios nos asegura que no nos abandonará nunca. En la sangre de Jesús, el ser humano jura plena fidelidad a Dios en nombre de la humanidad y de la creación. Jesús lo dijo claramente: doy mi vida por las ovejas… Nadie me quita [la vida], sino que la doy por mí mismo… este es el mandato que recibí de mi Padre” (Jn 10, 15-18). La sangre o la vida de Jesús es ofrecida gratuitamente por el Padre y por nosotros en una nueva y perfecta alianza.

De esta forma, hermanos y hermanas, Jesús ofrece su vida a Dios y a nosotros: una vida para ustedes, para los otros. ¿Y nosotros? ¿A qué o a quién le ofrecemos nuestra vida? ¿Al oro y a la plata que no nos pueden salvar? ¿A nuestros teléfonos celulares? ¿A la ambición que nos deja vacíos? ¿A la avidez que trata a los seres humanos como mercancía? ¿A las armas de guerra que matan vidas humanas y la creación de Dios? ¿Con quién hacemos alianza? Nuestra solemnidad cuestiona las falsas alianzas y los pactos que destruyen la vida. Jesús ofreció su sangre para que otros pudiesen vivir. Jesús no derramó la sangre de otros para preservar su vida.

 

El último punto nos remite a la carta de San Pablo a los Efesios. Otro aspecto importante de la nueva alianza en la sangre de Jesús es el nacimiento de una nueva comunidad reconciliada. Los que antes estaban separados ahora están unidos por él y están cerca, incluso son una única cosa. En la persona de Jesús, los discípulos de distintas naciones y culturas ya nos son extranjeros sino conciudadanos y miembros de la misma familia. La nueva alianza en Jesús crea una forma nueva de mirar a los demás, a las personas distintas de nosotros. Si Dios los ama y Jesús los lleva a Dios, entonces tengo que ver en ellos a un hermano y una hermana que comparten la vida de Jesús que corre por mis venas. El valor de cada miembro de la comunidad cristiana deriva de la sangre que Jesús derramó por cada uno de nosotros. San Pablo recuerda a los presbíteros de Éfeso que custodien y cuiden la Iglesia de Dios que Jesús adquirió con su propia sangre (Hech 20,28). Puesto que Jesús ofreció su sangre por todos, rompiendo el poder del pecado que amenaza a toda la humanidad, ninguna persona deber ser vista y tratada como un extranjero o una amenaza, o un chivo expiatorio, sino como un vecino, un hermano y una hermana. Jesús murió por cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros es precioso. Cada uno de nosotros merece nuestro amor.

En el mundo de hoy hay muchas personas, todavía jóvenes, que están solas y desesperadas porque no sienten que pertenecen a nadie o ninguna comunidad. Algunos se suicidan. Se hace sentir a muchas personas pobres y despreciadas que no tienen valor. Hay suficiente dinero para armas, pero no para comida, vivienda, medicina y educación. La discriminación, la desigualdad y la manipulación de los seres humanos están en contra de la alianza en la sangre de Jesús. La utilización de redes sociales y de la inteligencia artificial para destruir el nombre de las personas es contraria a la alianza en la sangre de Jesús. Preguntémonos: ¿Nuestras comunidades, las parroquias, las escuelas, los hospitales son lugares de hospitalidad fraterna y de compasión? Nuestra solemnidad desafía las actitudes y comportamientos que exaltan a algunas personas y que humillan a otras.

Que las personas que buscan la esperanza puedan encontrar en la Preciosa Sangre de Jesús el ancla de una auténtica y duradera alianza con Dios y con la humanidad.